La vida que corre
Bagayeros. Son miles de almas que durante el día, trasportan sobre sus lomos, los “bagayos”: una bolsa de harina o una caja de aceite. Pasan mercadería del lado argentino a Villazón. Cobran 75 centavos por pasada.
Y una mujer que cuenta su vida.
Ha sufrido, de la manera que sufren los pobres, los abandonados, luchando por salir, por encontrar para un hijo lo que no pudo para ella.
Una mujer que dice:
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Mi padre quería otra cosa para mí. Que estudiara. El vino escapado cuando fue la represión en la mina de Catavi. Yo era niña y los veía esperando que llegara el ejército. Habían amurallado la ciudad y tenían los cartuchos de dinamita. Me acuerdo del sol. Ahí nunca llueve. Siempre está el sol. Los gendarmes vinieron por atrás, desde el cerro, los habían bajado en helicópteros –esto lo supimos después. Mataron gente. Incendiaron el barrio del sindicato. A mi madre la mataron ahí. Ella resistió… resistió gritando y maldiciendo a esos que la desnudaban. Era una mujer hermosa. La mataron de un tiro en la nuca.
-Y como llegaron acá, a Villazón.
¿No quiere escuchar de mi madre?
-Sí. Diga.
-Era una mujer hermosa. Uno de los gendarmes le pone el arma en la nuca. La veo caer entre sangre y lo mismo, muertita, la forzaron. Era así, fue así. A los mineros los fueron arreando montaña abajo. Podía ver a mi padre. Lejos pero podía verlo. Los hicieron desnudar y uno por medio le iban fusilando. Mi padre se salva. Y ya nos fuimos con mis hermanitos. Siete. Conozco su país. Anduvimos en la cosecha, en la caña. Después volvimos y yo tuve mi primer hijo. Tenía 13 años. Un destino.
-Y ahora es bagayera.
-Sí. Hay veces que uno hace 20 viajes. A las mujeres, después de tanto esfuerzo, se nos van bajando las tripas. Todas terminamos con la panza baja. Es feo. No pude ser linda como mi madre.
-¿Cuánto gana cuando hace los 20 viajes?
-Ahorita estamos en los 75 centavos argentinos.
-Quince pesos.
-Eso señor. Si hay suerte.
-¿Cuántos años tiene?
-Treinta y dos.
-No tiene dientes.
-Se han ido cayendo. Es la vida de nosotros, los pueblos de más antes. A mi hijo mayor le puse Tomás Catari.
-Thomás con “h”.
-No. El que anotaba no sabía de la h. La “h” no es nuestra. Es de ustedes.
-Los gringos.
Ustedes. No importa. Catari. Mi abuelo me contaba que fue aguerrido. Era inca, decía..
-¿Y si madre era una mujer hermosa?
-Sí. Era hermosa. La extraño tanto. Siempre la ando extrañando.
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