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Bagayeros II: La jornada

Las grúas han descargado dos camiones de harina. Los Bagayeros esperan en fila india. Está la América nuestra en esa fila de hombres y mujeres de todas las edades y con las marcas que hace el hambre. Marcas no de un día sino de generaciones de hambre. Cada surco es un dibujo de esta gloriosa barbarie. Bárbaros, las ideas no se matan. Más fácil es matar al indio. El indio bueno es el indio muerto. Ha eso han sobrevivido.

Un hombre joven, probablemente un pibe de menos de 20 años. Está en la fila. Le preguntamos cuanto tarda en llegar del otro lado de la frontera.

 

 
 

-En minutos no sé, reponde. Son 545 pasos si ando bien y si no se me cruza alguna atascada y eso demora.

-545 pasos. Son trescientos metros o algo así. Este puente.

-Yo llevo de a dos bolsas. Gano por dos en cada viaje. El asunto es que el trabajo se acaba enseguida. Yo podría hacer cuarenta pasadas por día.

-¿Con dos bolsas cada vez?

-Y sí. Somos 1500 familias que vivimos del bagayeo. Y es una buena época. De argentina entra mucha harina, harina de pan, harina de soja, harina de maíz. También cajas de aceite. Eso es más complicado.

Ya largamos dice el capanga.

Está parado sobre una pequeña tarima y desde ahí puede ver quién carga. La paga es del otro lado. No hay ayuda. Cada uno tiene que pasar la manta y hacer la cinchada. Mientras la pila está alta, no cuesta. El esfuerzo grande comienza cuando hay que arquear el lomo y levantar esos 50 kilos. Mujeres viejas o que lo parecen. Después de la adolescencia, todas las mujeres parecen viejas, como si no hubiera un desgaste progresivo: entre los hijos y el trabajo, se deja la juventud arrinconada y ya está.

Una mujer pide ayuda. La ayudan. Es el hormiguero humano. Van como si los empujara el entusiasmo. Eso es lo que reina en los ánimos, entusiasmo, Casi alegría. Uno detrás de otro, bolsa al lomo y parten por el puente hacia el otro lado. Una fila que va y otra que vuelve. Hay una cultura, un ritmo que es de ellos, de los pueblos del imperio. Alguna vez, presenciando una cosecha de tabaco, donde la familia entera va con ese pasito, cada uno hace de acuerdo a su edad y fuerza y todos al mismo ritmo. Niños o viejos y ese zas-zas-zas de pasitos cortos es casi una danza.

Los que llegan o los que salen van al mismo tranco. Se ha acabado la primera carga. Hay una pausa. Sin explicación. Solo quién manda lo sabe. Es una media hora. Ya de nuevo se ha armado la larga fila. Detrás, el horizonte de la Puna de Atacama. Siempre impresiona Atacama. Hay nubes oscuras hacia el oeste. Nubes negras, de frío.

La fila. En los pies también se puede leer la pobreza. Una mujer ha dejado las hojotas. Usa zapatos con tiras negras de cuero. La uñas, los años y la lectura de uno. No importa. La mayoría de los bagayeros han quedado enharinados. Pelo o manchas blancas en la frente.

Los hombres no hablan. Siguen animados pero no hablan. La mujer manda. Otra vez se larga la carrera. Ahora son bolsas de harina de trigo pero de tela. Salen: zas-zas-zas. Y el puente que han construido especialmente para los bagayeros, para no entorpecer al turismo, probablemente, o por algún arreglo.

De cualquier manera, es legal. La legalidad al bagayero le viene por ser habitantes de una zona fronteriza. Por eso cuentan con el beneficio del régimen del Tránsito Vecinal Fronterizo de Exportación, que les permite cruzar de un lado al otro, llevando mercaderías por un valor de hasta 150 dólares de franquicia. Y este tráfico puede ser ejercido por mayores de 14 años.

Otra vez llega la mujer que ha contado de su hijo, Thomas Catari. No mira. Mete al lomo su carga y sale. Nos ha dejado la imagen de un hilera de hombres que van siendo ejecutados de a uno por medio. Las piedras, los cuerpos desnudos. Alguien que se arrodilla pidiendo clemencia.

Ya su espalda se pierde sobre el puente, oculta por otras espaldas cargadas. Todos los rostros son cada vez más blancos.

Otro camión está atracando.

Desde la lógica, se puede pensar, porqué no dejan pasar el camión y listo. Bueno. No. Y por suerte para los bagayeros. Es el contrabando hormiga pero legal, ya que hay una cuota por los ingresos que pagan los patrones de uno u otro lado de la frontera. Es la época de la harina de trigo. Hay épocas que por todos los puestos fronterizos, sea Bolivia sea Paraguay, salen cosechas de cebollas o papas. Alimentos.

Fin de Jornada.

Es como mirar un hormiguero. Van y vienen, cargan, descargan y zas-zas-zas como un ritmo interno, mile