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El corazón de la Tupac- Página/12

Tres palabras aparecen una y otra vez cuando se oye a Milagro Sala: “nosotros”, “compañeros”, “organización”. En la Sede Central de la Túpac Amaru, un reluciente edificio de tres plantas construido en seis meses en el centro de San Salvador, los familiares de un grupo de chicos que bailan y agitan pañuelos se le acercan a saludarla con devoción. Su presencia parece insoslayable, como si nadie pudiera desentenderse del todo de que está. “Vení cuando quieras, vos”, le dice a un muchacho de unos 18 años con pinta de recién levantado, él mira al piso. Milagro Sala destila carisma y determinación de líder. Cuando se le señala eso, ella vuelve una y otra vez a aquellas tres palabras. Y cuando se emparienta su determinación con la de Eva Perón o Ernesto Guevara responde “no, me falta muchísimo”.


 

 
 

Lo hecho por la Túpac Amaru en la provincia impresiona. Algunas consignas: “Campesino, tu patrón no comerá más de tu pobreza”; “Cuando existe la voluntad existen mil recursos. Cuando no existe la voluntad, existen mil excusas”; “Queremos trabajo, educación, salud: ¡Vamos por más!” Milagro Sala parece ser motor, norte, guía: moviliza, reclama, arma, consigue, reivindica. Se mueve rápido, como si no hubiera tiempo que perder. Cuando habla se le forma, en el entrecejo fruncido, una marca más. Se preocupa porque el cronista vea todo lo hecho en la Sede Central, los consultorios impecables y equipados, las pinturas que rodean una cancha de cemento, la pileta cubierta, la guardería. “Esa es nuestra arma de lucha”, dice, y señala un horno de barro. Es que así empezó la agrupación, a mediados de la década pasada: horneando comida y distribuyendo copas de leche. Cada día, aseguran, 45.000 chicos reciben una. En 1999 la organización adoptó el nombre que tiene hoy.

Milagro Sala nació en San Salvador de Jujuy el 20 de febrero de 1963, militó en la Juventud Peronista y desde ahí –Menem lo hizo– evolucionó hacia ATE y la CTA, de la que es secretaria de Acción Social en la Conducción Nacional.

Dignidad, trabajo, identidad: otras tres palabras que se le oyen mucho a Milagro Sala. No es casual que una de las asignaturas de la escuela primaria para adultos Germán Abdala sea “autoestima”: años, décadas, siglos de discriminación y despojo, dejan secuelas. “En Jujuy, la mayoría de los excluidos son descendientes de los pueblos originarios”, dice mientras masca coca Raúl Noro, su compañero, otro dirigente clave de la organización, que apunta que Túpac Amaru “representa lo latinoamericano, la cultura andina y la primera revolución del continente”. “Una vez tuvimos un problemita en Buenos Aires –cuenta ella, al final–. Con un grupo de compañeros andábamos caminando por la Florida. A uno que estaba mirando, primera vez que iba, un chango que estaba arriba de una moto viene y lo empuja. ‘Eh, qué hacen, bolivianos de mierda, acá’. Nosotros le dijimos: ‘Está bien, somos bolivianos. Pero vos, inmigrante comerratas’. Y el vago agachó la cabeza y se fue. Porque nos salió del alma. ¿Sabés por qué? Vienen de otro lado y te quieren enseñar a vivir, a comer, a trabajar, y nosotros tenemos una cultura fuerte, no hubo necesidad de que nos enseñaran a vivir. Estábamos bien. Es más, ellos nos han traído las enfermedades. Las peores mierdas nos trajeron, acá.”